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Salta aquella vieja aldea:

Por lo general, bajo el rótulo de “época colonial” suele agruparse a los siglos XVI, XVII y XVII, sin pensar de que del primero, en Salta, sólo se vivieron 18 años; que el siglo XVII fue el tiempo en que se alternaba muchas veces entre los productos a sembrar, las tierras por apropiar y la zozobra de los indios; en donde la precariedad y la pobreza fueron muchas veces el común denominador que uniformaba a la aldea, sobre todo en la primera mitad del siglo. En cambio el siglo XVIII fue el de recoger los frutos, el siglo de la consolidación económica, y en donde se construyeron la mayoría de los edificios que hoy conocemos “coloniales”, sobre todo a fines de aquel cuando comenzaron a diferenciarse y conseguir cierta individualidad y presencia, concordante a sus funciones y situación económica. Fue el siglo XVIII en donde se construyeron o renovaron muchos de los precarios edificios que se habían construido en el siglo anterior sobre todo si consideramos que los temblores de 1.692 se habían ocupado de acelerar su deterioro, o simplemente, por echarlo a tierra.

Cuando hoy contemplamos la ciudad -pequeña caricatura de gran metrópolis- con el ritmo de sus comercios, el tránsito vehicular, el alegre y despreocupado bullicio de los adolescentes que intentan matar el tiempo en alguna confitería, apenas si podemos imaginar la aldea tranquila de otros tiempos donde la plaza era apenas un espacio vacío de tierra y barro, rodeado de un caserío de adobe, en su mayoría con techos de paja y barro. Un espacio que era movilizado por alguna procesión, la utilización como feria/mercado, la lectura talvez de algún bando, la celebración pretenciosa del cumpleaños, nacimiento o coronación del Rey, etc.

Posteriormente, en la segunda mitad del siglo XVII y a partir de su relación comercial con Potosí, comenzó a transformarse la monótona aldea en razón del considerable comercio que tiene en maíz, carne, ganado, vino, carne salada, cebo y otras mercaderías por las cuales trafican los habitantes del Perú. Para esta época, el cabildo era un edificio sencillo, aunque ya tenía dos plantas, habiéndose construido unas casa para la cárcel con cimientos de piedra. Fue el momento en que la ciudad empezó a desperezarse de su siesta, a experimentar dentro de su pequeña escala un cierto crecimiento y apogeo a tal punto que en 1.697, el gobernador de Tucumán Juan de Zamundio, apuntaba que “es la más populosa en comercio y gente, después de esta y de Córdoba...”. Este crecimiento comercial que había comenzado a operarse, muy tímidamente al principio, permitió consolidar de edificios la Calle Real o del Comercio (actual calle Caseros), que es por donde se entraba a la ciudad (aún puede apreciarse al final de esta calle, al oeste, una serie de casonas que entre el siglo XVIII y XIX debieron ostentar sus magníficas fachadas. Las ciudades están poco habitadas de vecinos debido a que se acomodan en las campañas y las mismas en su entorno, y que a pesar del proceso que experimentaron las capitales del Norte, Salta se mantenía algo mejor que aquellas y esto es evidente si analizamos también el comentario que hace Concolorcovo hacia 1.772 cuando advierte que “...el principal comercio de esta ciudad y su jurisdicción consiste en las utilidades que reportan en la invernada de mulas, por lo que toca a los dueños de los potreros y respecto a los de los comerciantes, en campos particulares que cada uno hace y la habilitación de las salidas al Perú, en la gran feria que se abre por mes de febrero durando hasta todo marzo siendo esta la asamblea mayor de mulas que hay en todo el mundo...”. El mismo Concolorcovo agregaba que “...no puede atravesar la ciudad a caballo debido a que estos se atascaban en el espeso barro que hay en las calles y así los pasajeros en el referido tiempo de lluvias tienen por más conveniente atravesar la ciudad a pie, arrimados a las casas...”.

Fue casualmente el gobernador Ramón Pizarro quién a fines del siglo XVIII, notándose con incomodidad pública, que muchos vecinos no han puesto o perfeccionado las útiles veredas, ordenó que en el término de seis meses las pongan con buena laja, con solidez e igualdad. Así la aldea comenzaba a crecer y a adquirir una nueva imagen, una carrera hacia la ciudad que hoy conocemos, que se vio interrumpida recién iniciado el siglo XIX con motivo de los acontecimientos de mayo y las luchas que le sucedieron.

Fundación de Salta

Etimología del Nombre de Salta

Diversas versiones

Etimología Quechua

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